Las infidelidades suelen considerarse la mayor tragedia en la que puede caer una relación, aparte del preludio natural e inevitable de una ruptura.

La situación se ve así de dramática porque, desde la óptica del Romanticismo que ha imperado en nuestra concepción del amor desde mediados del siglo XVIII, el sexo no se ha considerado un simple acto físico, sino una sublimación y símbolo del amor. Antes del Romanticismo, la gente practicaba sexo y se enamoraba, pero no siempre se percibían como dos actos indisolublemente ligados: se podía amar a alguien y no ir a la cama con esa persona. O viceversa. Es esa dislocación la que el Romanticismo se negó a tolerar. El sexo pasó a ser el acto culminante del amor, la máxima forma de expresarle devoción a una persona, la prueba definitiva de la sinceridad.

Sin embargo, lo que acabó consiguiendo esta forma de pensar es hacer de las infidelidades una catástrofe en lugar de un problema. El sexo ya no pudo volver a percibirse desvinculado de los sentimientos y de un profundo deseo de compromiso con otra persona. Dejó de estar permitido decir que el sexo “no significa nada” en el sentido de ser un puro acto de divertimento sin ninguna carga emocional ni voluntad de cuidar ni vivir con otra persona a largo plazo ni, por supuesto, una prueba de afecto.

Existen, claro, muchos casos en los que una infidelidad significa justo lo que el Romanticismo quiere que signifique: desprecio por la relación. Sin embargo, en otro gran número de casos, puede significar algo muy distinto: un deseo superficial de excitación erótica compatible con el compromiso hacia la pareja.

Nuestra cultura hace que sea prácticamente imposible concebirlo así, de modo que “superar” una infidelidad (aprender a ver que la infidelidad no radica donde ha dicho siempre el Romanticismo) se ha convertido en un desafío de proporciones hercúleas y, salvo excepciones contadas, completamente imposible. No importa lo mucho que la pareja insista en que no ha significado nada, ese argumento sigue pareciendo poco plausible. ¿Cómo puede el sexo, que es la sublimación del amor, no significarlo todo?

Es posible que haya una forma de salir de una encrucijada así: una reflexión sincera acerca de tus deseos ocultos y, quizás, un recordatorio honesto de ciertos momentos de tu propia experiencia. Lo que se trata de conseguir con esta valiente reflexión es que todo el mundo puede llegar a ser capaz de hacer ciertas cosas, si se dan las circunstancias, que pueden resultar sorprendentes: amar a alguien pero querer pasarlo bien (o hacerlo) con otra persona. Por muy difícil que sea de comprender puesto en boca de una pareja, sí que es posible querer tirarse a una persona y amar a otra.

La mejor forma de superar una infidelidad, por tanto, puede ser ignorar lo que el Romanticismo quiere hacernos creer que significa una infidelidad y hacer caso de una fuente mucho más fiable: cuál es el significado que le dimos nosotros mismos a una infidelidad la última vez que incurrimos en una o que se nos pasó la idea por la cabeza. Es sobre esta base sobre la que algún día podremos llegar a perdonar e incluso entender y aceptar las disculpas de la pareja infiel arrepentida. Según la experiencia subjetiva de cada uno con sus pensamientos infieles, nos redimiremos, complicaremos o atenuaremos lo que suceda cuando caigamos en sus redes.

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Este post fue publicado originalmente en The School of Life, apareció posteriormente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

Fuente: http://www.huffingtonpost.es/daniel-templeman/el-verdadero-significado-de-una-infidelidad_a_23256851/